Mi eclipse en Formentera


Formentera, 13 agosto 2026
Llevaba meses contando los días para que llegara el 12 de agosto.
Y, dentro de aquella fecha, había una hora marcada especialmente en mi cabeza: las 20:33.
Nunca había tenido la oportunidad de vivir un eclipse total y esta vez, además, iba a hacerlo en Formentera, el lugar en el que más feliz soy. La combinación parecía difícil de mejorar.
Sin embargo, desde que en 2025 empecé a conocer los detalles del fenómeno sabía que existía un riesgo importante. La totalidad iba a producirse cuando el Sol estuviera ya muy cerca del horizonte, apenas unos minutos antes de ponerse, y durante el verano la humedad acostumbra a acumularse sobre el mar. Después de tantos meses prácticamente sin lluvia, aquella posibilidad estaba siempre presente.
Sabía que podía pasar. Pero conforme se acercaba el día prefería pensar que tendríamos suerte, que la tarde permanecería limpia y que podríamos ver sin obstáculos uno de esos momentos que llevaba tanto tiempo imaginando.
Este artículo de hoy en mi blog es la narración en primera persona de como viví los días previos al eclipse, como viví el momento central del mismo y como me siento después de la experiencia. Hoy es un artículo absolutamente personal y subjetivo…. y largo, te lo advierto.
Decidir desde dónde iba a observar el eclipse no resultó sencillo.
Formentera esta en uno de los momentos de mayor ocupación del año. Las carreteras están llenas de vehículos y las autoridades habían advertido de posibles problemas de tráfico conforme se acercaran las horas del eclipse. Por eso no solo buscaba un lugar con buenas condiciones para verlo, sino también un punto al que pudiéramos llegar sin demasiadas complicaciones.
Durante varios días hice pruebas en diferentes zonas de Migjorn, pero ninguna terminó de convencerme. Había esperado demasiado aquel momento y no quería acabar viviéndolo rodeado de una multitud. Prefería algo más tranquilo.
Unos días antes me acerqué hasta Es Ram. Allí coincidí con mi amigo Xicu des Moliner, que estaba con su llaüt, el Cristina. Pasamos un rato hablando del eclipse y, como ocurre tantas veces, también de otras muchas cosas que nada tenían que ver con él.
El lugar tiene encanto, pero finalmente también lo descarté. El camino de acceso es estrecho, no sabía cuántas personas y coches podían terminar reuniéndose allí y, además, en esas fechas el Sol no muere directamente sobre el horizonte del mar.
Tampoco me convencía la zona de poniente de Formentera. Imaginaba Cala Saona o Ses Illetes llenas de gente y aquello era precisamente lo que intentaba evitar.
Poco a poco la respuesta se fue haciendo evidente: La Mola.
Encontré un tramo de acantilado con una vista completamente abierta hacia el oeste. Desde allí, el Sol acabaría desapareciendo directamente sobre el Mediterráneo.
Si las nubes respetaban la tarde del día 12, veríamos al Sol eclipsado hundirse en el mar. Era exactamente lo que estaba buscando. Solo quedaba organizarme con los amigos con los que íba a compartir la experiencia.
Los primeros del grupo llegamos al punto de reunión aproximadamente una hora antes de que se produjera el primer contacto entre la Luna y el Sol. Nos instalamos inicialmente bajo la sombra de un pino, todavía a unos 300 metros del borde del acantilado. Desde allí teníamos unas vistas magníficas de Formentera y, mientras esperábamos al resto del grupo, fuimos comiendo unos higos recién recogidos.
La hora pasó casi sin darnos cuenta.
Poco a poco comenzaron a llegar otros grupos de gente que, evidentemente, habían llegado a la misma conclusión que yo y habían elegido aquel lugar para contemplar el eclipse.
Lo divertido era que conocíamos prácticamente a todo el mundo.
Vecinos de La Mola, vecinos de Es Caló, personas con las que te cruzas habitualmente por la isla. Nos saludábamos, intercambiábamos unas palabras, alguna broma. Aquello tenía algo muy de isla pequeña.
Era una de esas escenas que me recordaban a la Formentera de los meses de invierno, cuando todo vuelve a su verdadera dimensión y prácticamente todos sabemos quién es quién.
En nuestro tramo del acantilado terminamos reuniéndonos unos cinco grupos. Calculo que éramos unas cincuenta personas. Había espacio suficiente para todos y cada grupo encontró su lugar. Ante nosotros solo había mar y una caída de unos setenta metros desde el acantilado. El escenario difícilmente podía ser mejor.
Alrededor de las 7:45 de la tarde empezamos a mirar con más frecuencia a través de las gafas especiales. La imagen era espectacular. La Luna ya había cubierto aproximadamente la mitad del Sol y aquella forma resultaba mucho más impresionante de lo que había imaginado.
Cuanto más avanzaba el eclipse, mayor era la expectación.
Cada minuto nos acercaba al instante que llevábamos meses esperando.
Hasta que empezó a ocurrir exactamente aquello que todos temíamos.
El Sol iba descendiendo hacia el horizonte y, justo en su trayectoria, apareció una franja de nubes bajas y compactas.
Se colocaron exactamente donde no debían. De repente dejamos de ver el eclipse. Mirábamos a través de las gafas y no aparecía absolutamente nada.
Todavía quedaban unos cuatro minutos para el inicio de la totalidad y yo seguía convencido de que podía abrirse algún hueco.
No hacía falta demasiado. Un pequeño claro entre las nubes. Quizá unos pocos segundos. Solo quería poder verlo.
Pero ese hueco nunca llegó.
A las 20:33 ocurrió.
El cielo comenzó a perder luz de una forma extraña.
No se hizo completamente de noche. La sensación se parecía más a esos minutos que preceden al amanecer, cuando todavía hay oscuridad pero ya empieza a intuirse algo de claridad.
La luz era tenue, casi irreal.
Todos sabíamos perfectamente qué estaba pasando al otro lado de aquella nube. El eclipse había llegado a su totalidad. Pero nosotros no podíamos verlo. Duró muy poco.
Menos de un minuto después, la claridad empezó a aumentar de nuevo. El Sol seguía muy bajo y continuaba escondido, pero ya se notaba que aquel instante que habíamos ido a buscar había terminado. Nos lo habíamos perdido.
Era el momento que llevaba meses imaginando. Mi primer eclipse total. En Formentera. Rodeado de amigos. En un lugar que habíamos escogido precisamente para poder contemplarlo sobre el Mediterráneo.
Y finalmente no pudo ser.
A pesar de la decepción, nadie tuvo demasiada prisa por marcharse.
Desde lo alto del acantilado podíamos ver que la nube no llegaba hasta el horizonte. Parecía evidente que, si permanecíamos allí unos minutos más, el Sol acabaría apareciendo de nuevo antes de ponerse.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
El Sol volvió a salir por debajo de las nubes todavía parcialmente cubierto por la Luna. Los dos cuerpos estelares parecían haberse convertido casi en uno solo.
Lo que apareció ante nosotros fue una especie de media luna de fuego que descendía lentamente hacia el Mediterráneo.
Durante algunos instantes, aquella forma parecía incluso la aleta de un gigantesco tiburón incandescente avanzando sobre el horizonte antes de desaparecer.
Era una imagen completamente diferente de cualquier puesta de sol que hubiera visto antes. Poco a poco, el Sol y la Luna siguieron descendiendo juntos. Hasta que terminaron desapareciendo al mismo tiempo dentro del mar.
Cuando pienso en aquella tarde, me resulta complicado decidir si terminamos teniendo suerte o no.
Por un lado, habíamos elegido un lugar espectacular. Habíamos pasado varias horas con amigos y vecinos, habíamos seguido buena parte del eclipse y terminamos viendo una puesta de sol que seguramente no volveremos a contemplar de la misma manera.
Estoy convencido de que dentro de muchos años seguiremos hablando de aquella tarde en los acantilados de La Mola.
Así que, en cierto modo, sí. Fue una experiencia especial.
Pero, en el fondo, no.
Porque precisamente aquello que habíamos ido a buscar, la totalidad del eclipse, ocurrió escondido detrás de una nube.
Mientras nosotros mirábamos una masa gris situada sobre el horizonte, sabíamos que en muchos otros lugares dentro de la franja de totalidad había personas contemplando directamente lo que nosotros solo podíamos imaginar.
Y eso me entristeció.
Habían sido meses esperando aquella fecha, pensando dónde verlo, buscando el lugar adecuado e imaginando una y otra vez cómo serían aquellos segundos.
Lo tuvimos delante. Pero no pudimos verlo. Fue una lástima.
Cuando dentro de unos años piense en el eclipse del 12 de agosto en Formentera, seguramente recordaré muchas cosas: los amigos, los higos bajo el pino, los vecinos caminando hacia el acantilado, aquella luz tan extraña y el Sol convertido en una media luna de fuego antes de desaparecer en el Mediterráneo.
Pero seguro que también recordaré, el eclipse que estaba allí y que una (odiosa) nube no nos dejó ver.
Soy Ramón Tur, quien está detrás de todo lo que se escribe y fotografía en esta web sobre Formentera.
Descubrí la isla en 1972 cuando mis padres, a bordo de la mítica Joven Dolores, me llevaron por primera vez a pasar unos días de vacaciones desde Ibiza y aquello fue un amor a primera vista que, con el paso del tiempo, se ha reforzado hasta convertir Formentera en mi lugar de residencia desde hace ya muchos años.
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